viernes, 28 de junio de 2013

¿CÓMO ORIENTAR EL COMPORTAMIENTO
DEL ALUMNO ?

Un modelo basado en las aportaciones de algunos de los psicólogos y pedagogos más destacados en el panorama educativo. 


            Imaginemos la situación: Nos encontramos en el aula a la hora del recreo. Los alumnos están fuera, en el patio; menos mal. Durante las tres primeras horas, sus conductas han sido más parecidas a las del mismísimo Cancerbero que a las de unos simples mortales: faltas de respeto, de atención, de concentración, de motivación, de silencio... Ahora estamos solos, intentado recordar qué hicimos mal  y buscando, sin éxito, una solución. De pronto, alguien llama a la puerta. Nos levantamos sin ganas y nos dirigimos hacia ella cabizbajos, con la mira abatida, perdida. La abrimos y ¡Ahí están!: Burrhus Frederic Skinner,  Albert Bandura, David Ausubel,  Lev Vigotsky.-"Parece que necesitas ayuda"-dice uno de ellos-"¿Qué podemos hacer por ti?"


          Por desgracia, esta situación es bastante improbable (problemas de longevidad, entre otros) pero no hay de qué preocuparse. Todavía nos quedan sus legados; testamentos del ayer desde los que seguir construyendo en el presente. En base a ellos, proponemos el siguiente modelo de orientación del comportamiento para los alumnos de Educación Primaria.



HACIA UN MODELO DE ORIENTACIÓN  DEL COMPORTAMIENTO

             Lo primero de todo es observar, detectar y describir exactamente qué conductas deseamos ayudar reorientar, pero ¡cuidado! No se trata de pretender eliminar aquellas que suponen el esfuerzo del maestro, ni tampoco consiste en desear hacer desaparecer las que son propiamente infantiles, humanas. Un niño es un ser inquieto, travieso, que aprende a vivir viviendo, explorando, jugando, haciendo. Intentar que  aprenda bajo un comportamiento cadente, inmerso en la quietud, en el gesto hierático, programado para las acciones mecánicas del miro-copio-memorizo-escribo, es un genocidio. Hacerlo así,  no provocaría más que la interrupción del desarrollo de todo su potencial; sería entonces un ser mutilado, hueco, enjuto, sin más que carne sobre hueso. Frente a esto, la orientación solo tendrá como objetivo encaminarle en la dirección correcta, vía de la felicidad y y la tranquilidad propia del hombre de bien.


            A continuación, hablemos con él. En demasiadas ocasiones y por desgracia, este paso se suele olvidar. Sabemos que las experiencias vitales no solo son hechos sucesivos que acompañan sus vidas; son algo más; acontecimientos que les tras-pasan, que calan sus delicadas pieles con tanta fuerza que logran cambiar sus actos. El pequeño que mira de forma distinta, que habla de manera diferente, que se relaciona como nunca antes lo había hecho, tengamos por seguro que es porque ALGO le ha pasado y calado. Comuniquémonos con él a través de la  sonrisa cómplice, la palabra profunda y la caricia del “estoy aquí para escucharte”.


            Saquemos a la luz qué es lo que ocurre. Es el momento del parto, de ver la cara y poner nombre a la conducta indeseada que  frustra y hace infeliz al pequeño. Para ello, comencemos con lo que AUSUBEL denominó organizadores previos, ideas generales e inclusivas que introducen conceptos más concretos y ayuda a entenderlos. Inspirándonos en ellos, recurramos a las fábulas de animales y a historias imaginarias o reales que reflejen conductas como las suyas; que le introduzcan en la comprensión de sus propios sentimientos y actitudes; que le sitúen en su única realidad para poder entenderla. Después, sigamos profundizando en "la idea" y qué mejor manera que a través del mapa conceptual. Decía el citado autor que era una manera útil de presentar los contenidos mentales relacionados y jerarquizados. Hagamos uso de ellos; que sea el niño con la ayuda del maestro, el que exprese con palabras o dibujos qué está haciendo, cuál es su causa, cuáles son sus consecuencias y cuál es la mejor alternativa para cambiarlo todo. Al finalizar, el alumno podrá decidir y comprometerse a actuar de una manera diferente.

            
          Sigamos ahora por el camino del conductismo, sin miedo. No olvidemos que somos racionales pero animales, al fin de al cavo y con orgullo; que también nos movemos para satisfacer nuestros deseos y sentir el placer ¿Qué sería de la vida sin él? Puede que ni existiera por no tener motivo para crearla. Decía SKINNER, padre del condicionamiento operante, que la probabilidad de que una conducta se repitiera dependía de las consecuencias que dichas conductas tuvieran para el individuo. Siguiendo su teoría, propongamos al niño construir el tablero del “Juego del Deseo”.  En las casillas horizontales escribirá los días de la semana; en la vertical, el comportamiento deseable al que se comprometió seguir. El sistema es fácil. Cada día que actúe en pro de su compromiso obtendrá una compensación. En caso de cumplirlo todos los días, verá cumplido su deseo (obviamente tangible).
           

            El próximo paso es curioso, porque en todo momento ha estado ahí: Se trata de nosotros. Es posible que el alumno se esté comportando de manera distinta y dañina para él porque lo aprendió de alguien, de su maestro. Situación paradójica donde las haya. Y es que, como nos señaló BANDURA, hay algo denominado aprendizaje vicario, aquél por el que el niño aprende  imitando un modelo, el nuestro. Según este autor, para que realmente se produzca deben cumplirse cuatro requisitos: atención, retención, motivación y reproducción. ¿Qué podemos hacer entonces como profesionales? Lo primero y más importante: ser un modelo para el pequeño, aunque siempre quede en un intento, y lograr que actúe como él. Para captar su atención  y retenerla no hay nada mejor que enamorarle y mostrarle qué hemos logrado con nuestro comportamiento: Quizá somos más sabios porque sabemos escuchar; quizá somos más sociables porque nunca se nos ocurrió dañar a nadie. Para motivarles debemos conseguir su simpatía, su admiración y su estima. Ser como el maestro será para él su mejor recompensa, y la nuestra también. Reforcemos siempre aquello que haga bien e invitémosle a repetirlo y mejorarlo la próxima vez.
           

            Llegamos al final, que siempre fue principio. Se trata de pensar en el alumno como un ser con otros; un sujeto que vive en el aula y en compañía de sus iguales, de los que nunca dejó de aprender. Como apuntó VIGOTSKY, el aprendizaje es social y en él influye el medio. Siendo así, no ignoremos el poder del resto en el comportamiento del niño. Nombremos un alumno-tutor que le ayude a cumplir con su compromiso. Puede que su punto de vista infantil o su manera sencilla de decir qué está bien, lo haga todo mucho más fácil; puede que la aceptación del otro y del grupo, sea un estímulo más para modificar su conducta y sentirse más feliz, no delante ni detrás de sus compañeros, sino al lado de ellos.


     Y hasta aquí, el modelo de orientación del comportamiento. Una mezcla de antropocentrismo, cognitivismo, conductismo y teoría social, que pretende ayudar al pequeño  a encontrar su camino y no perderse en derroteros. Un proyecto tetra-dimensional y tetra-céfalo: Porque somos alma; porque somos mente; porque somos cuerpo; y porque por encima de todo, somos individuos enteramente sociales.




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